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SERIE: HERIDAS DEL ALMA
A veces creemos que estamos bien, pero en realidad nuestro corazón está adormecido por el dolor. Las heridas emocionales o espirituales pueden ser tan profundas que ni siquiera las sentimos, como una pierna gravemente herida que queda insensible. Pero Dios, en su amor, quiere sanarnos de verdad, y para eso debe tocar lo que duele. No ignores esas señales—esa incomodidad cuando ves a alguien, esa sensación de que algo no está bien. Reconocer que hay una herida es el primer paso. Como dice Salmos 51:6 (NTV): «Pero tú deseas la verdad en lo más profundo del corazón; por tanto, me enseñas sabiduría en lo secreto».
Dios no solo quiere sanarte, sino hacerlo de raíz, aunque duela. Así como un médico limpia una herida infectada, Él a veces permite que sintamos el dolor para purificar nuestro corazón. Pero no lo hacemos solos: Él nos guía con su palabra y su presencia. Debemos seguir sus instrucciones, no buscar soluciones rápidas o consejos humanos que no van acorde a su voluntad. Hebreos 12:11 (NTV) lo dice claro: «Ninguna disciplina es agradable mientras la recibimos; ¡duele! Pero después, produce una cosecha de rectitud y paz para quienes han sido entrenados por ella».
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