SERIE: PÉRDIDAS QUE ACTIVAN PROPÓSITOS
A veces la vida nos golpea tan fuerte que creemos que nuestro dolor nunca sanará. Perdidas, traumas, rechazos o palabras que nos marcaron… todo eso puede hacer que nos escondamos, como Mefiboset en Lodebar, cambiando hasta nuestra identidad por vergüenza o miedo. Pero Dios no quiere que vivamos anclados en el pasado. Él nos invita a reconocer nuestras heridas sin quedarnos allí, porque su plan para nosotros es mayor que cualquier caída. «Pues yo sé los planes que tengo para ustedes —dice el Señor—. Son planes para lo bueno y no para lo malo, para darles un futuro y una esperanza» (Jeremías 29:11, NTV).
Dios no borra nuestra historia, pero sí la redime. Él puede tomar aquello que nos dolió y usarlo para un propósito mayor, sanando nuestro corazón para que recordemos sin dolor. No se trata de olvidar, sino de permitir que Jesús restaure nuestra identidad y nos recuerde quiénes somos realmente: hijos e hijas suyos, diseñados para algo grande. «Esto significa que todo el que pertenece a Cristo se ha convertido en una persona nueva. La vida vieja ha pasado; ¡una nueva vida ha comenzado!» (2 Corintios 5:17, NTV).
P. Elias hoyos