SERIE: LÁZARO
A veces, el dolor y la decepción nos llevan a actuar como María y Marta. Vemos que un sueño, una relación, nuestra salud o un proyecto se debilita y, en vez de aferrarnos a la esperanza, tomamos la decisión radical de «enterrarlo». Le ponemos una lápida mental con argumentos como «ya es demasiado tarde» o «Dios se olvidó de mí», y damos por terminado lo que Dios no ha terminado. Así, nosotros mismos sellamos la tumba con una piedra de incredulidad, matando toda esperanza. La Biblia nos advierte: «Cuidado, hermanos, no sea que alguno de ustedes tenga un corazón pecaminoso e incrédulo que los haga alejarse del Dios viviente» (Hebreos 3:12, NTV). Esa piedra es nuestro corazón incrédulo justificando la rendición.
Pero fíjate en esto: Jesús no llega tarde. Él llega en el momento preciso, no solo para consolar tu llanto, sino para mostrarte Su gloria. Sin embargo, su primera orden no es un consuelo pasivo, sino una instrucción activa: «¡Quiten la piedra!» (Juan 11:39, NTV). Él podría haberla removido con su poder, pero te involucra. Te pide que des el primer paso de obediencia, que remuevas el argumento que te paraliza. Es como si te dijera: «Yo haré lo imposible, pero tú debes hacer lo posible: quitar la incredulidad». Marta protestó, usando la razón («¡huele mal!»), pero Jesús le recordó la clave: «¿No te dije que si crees, verás la gloria de Dios?» (Juan 11:40, NTV). Tu «piedra» es esa excusa que te hace olvidar Sus promesas.
P. Elias hoyos